Pensándote en el presente de tu futuro perfecto
y simple
te veo con gloria (muchacha la prostituta),
corbatas, luces y humo de cigarro,
dos hielos y ¾ de etiqueta de oro:
whisky añejado en años regalados
a alguna universidad de genios,
que de recompensa te entrega
un nivel acomodado en la pirámide social.
Te miras como yo te miro y todo O.K.
-porque todo anda bien: mis zapatos,
uñas y la conversa, te dices.-
pero en realidad algo anda mal;
supones acaso las hormigas, moscas, pulgas,
olores, estómagos, hambres, colores.
En la infinita y amarga soledad
de quien se sabe contento, te respondes
¡el problema soy yo!
mirando tus ojos en ese espejo
mentiroso y maldito.
Desde ese instante renuncias a la satisfacción propia
de ese arquetipo modelado por alegrías publicitarias.
La metamorfosis de un hombre dichoso a un amargado
marcará también el aburrido acto de tu funeral.