Cuenta el mito de este pueblo,
-siempre sucio, a ratos bello-
que su cándido nacimiento
es también la disputa de la moral contra los labios filosos de la miseria,
el choque infinito entre lo áspero y lo aceptado.
La risa vernácula sólo responde a lo que antaño llamamos grotesco,
abominable-
las piernas se abren, para que barcos en joyas entren,
y proporcionen un encuentro casual de mejores horizontes,
en esta línea divisoria entre el bien y el mal.
Pezones en torta a la manera de un perro y mil huesos,
se arma la historia entre miembros, vaginas,
hijos sin padre y hombres que son el sustento de lo que
quizás,
sea su futuro irrisorio.
Adoramos una alegría enraizada en corrupción,
en ese esquema elaborado bajo cimientos bastardos, groseros,
aquél estado mercantil donde una señorita es ahora un cerdo
en vías de descomposición interna,
casi un cáncer demagogo que amenaza con asesinar,
dos siglos atrás,
la existencia de algún dios.
-siempre sucio, a ratos bello-
que su cándido nacimiento
es también la disputa de la moral contra los labios filosos de la miseria,
el choque infinito entre lo áspero y lo aceptado.
La risa vernácula sólo responde a lo que antaño llamamos grotesco,
abominable-
las piernas se abren, para que barcos en joyas entren,
y proporcionen un encuentro casual de mejores horizontes,
en esta línea divisoria entre el bien y el mal.
Pezones en torta a la manera de un perro y mil huesos,
se arma la historia entre miembros, vaginas,
hijos sin padre y hombres que son el sustento de lo que
quizás,
sea su futuro irrisorio.
Adoramos una alegría enraizada en corrupción,
en ese esquema elaborado bajo cimientos bastardos, groseros,
aquél estado mercantil donde una señorita es ahora un cerdo
en vías de descomposición interna,
casi un cáncer demagogo que amenaza con asesinar,
dos siglos atrás,
la existencia de algún dios.